El pensamiento Gonzalo

 

II

["El pensamiento Gonzalo"]

Continuando con las reflexiones en torno al último libro de Gonzalo Portocarrero, me gustaría ahora discutir algunas cuestiones fundamentales que se presentan sobre el núcleo “ideológico-filosófico” del senderismo: el llamado “pensamiento Gonzalo”. El punto de partido que se utiliza es la conferencia “Para entender a Mariátegui” de 1968. Portocarrero afirma que, si bien de jure la conferencia tendría la estructura del discurso universitario, de facto esto termina devieniendo un sermón afín al discurso del amo (tal y como éste es tematizado por Lacan). El efecto sería el siguiente:

(…) en la conferencia-sermón se pone en escena un espectáculo que enmascara un adoctrinamiento como si fuera una aceptación libre de afirmaciones que son evidentes por sí mismas. Entonces, no es que el receptor piense que está siendo conminado a creer algo como una certeza definitiva. Más bien agradece que se le haya hecho ver la verdad (pág. 34).

Lo que se encuentra aquí es el trasfondo presentado en el post anterior: la lógica religiosa bajo una forma “marxista” particular. Lo que tenemos con Guzmán, con sus textos y con sus ideas es el supuesto de que son “sagrados”. Esto se afirma bajo la idea de que los textos revelan algo. Hay verdades incuestionables, revelaciones incuestionables y personas incuestionables que son portadoras de estas verdades y revelaciones. Aquí Guzmán expresa algo que otras variantes del marxismo han tenido: un culto demasiado fuerte a la personalidad. La aproximación crítica que pensaba en clases sociales y en colectividades termina subsumiendo esta visión al respeto y pleitesía de un individuo, individuo que es elevado por encima de los otros (Guzmán es nuestro caso ejemplar aquí, pero no quiero que se piense que esto únicamente afecta al marxismo ortodoxo. Es algo que afecta como posibilidad siempre latente a la filosofía misma en tanto esta se petrifica e institucionaliza en la mera repetición de los grandes pensadores. Los clásicos no son clásicos porque nunca se han equivocado) .Si se asume que Marx, que Lenin, que Mao o que Mariátegui han revelado verdades que no se han comprendido, pero que se encuentran “en el texto”, lo que resulta necesario es un intérprete y exegeta que pueda hacer el comentario definitivo. Los marxistas ortodoxos tienen pues, también sus sumos teólogos y doctores para interpretar los textos sagrados y resolver cualquier duda posible (una religión atea ortodoxa).

La polémica se convierte entonces en un enfrentamiento de citas y comentarios. Al extremo de que el conocimiento de los hechos y de los datos puede resultar prescindible” (pág. 34).

Esta manera de relacionarse con el texto, afirma Portocarrero, es teológica. Esto es interesante porque lo que se termina haciendo es teología, pero tratando de hacerla pasar por ciencia. Por eso, uno de los retos intelectuales del “marxismo peruano” para salir del “atolladero senderista” tiene que ser el de preguntar dos cosas: (1) ¿es posible una actitud marxista y una producción marxista totalmente depurada de teología?; y, en caso (1) sea posible, (2) ¿cómo sería posible tal actitud y tal producción marxista? Se trata de pasar, una vez más, por dos de los hitos más importantes de la modernidad: la duda cartesiana y el giro trascendental kantiano.

Esta problemática epistemológica que el marxismo siempre ha tenido (“¿por qué el marxismo es ciencia y no ideología?”) es resuelta por Guzmán a través de tres cosas: primero, un determinismo social: si el ser social determina la conciencia social, vivir como las masas oprimidas es esencial para poder ser un (líder) revolucionario. Lo que Portocarrero denuncia es que, más allá de si esta tesis es verdadera o falsa (es obvio que para Portocarrero es falsa), Guzmán se contradice: en su propia vida social nunca vivió como los oprimidos y siempre se comportó de manera diferente (era un profesor, un intelectual y no un campesino o un obrero). Lo segundo y lo tercero es algo que ya hemos adelantado: el conocimiento de la “ciencia” (lo que será , en última instancia, el “pensamiento Gonzalo”) y el método. El problema en este nivel será que Guzmán no cumple con los requisitos que dice cumplir: no conoce bien el marxismo, no es metódico en su manera de abordar el estudio de la realidad y tampoco saca sus ideas de experiencias de vida afines a las de los oprimidos. El argumento casi parece simplificarse en la afirmación de que Guzmán era un hipócrita.

Sin embargo, creo que Portocarrero aquí no es suficientemente radical consigo mismo (es decir, con lo que venía sosteniendo. Me parece que se cae en algo que es, en algunos casos problemático y, en otros, accesorio). Lo que él nos está diciendo es que uno de los problemas importantes aquí es que Guzmán decía una cosa y hacía otra. No sabía bien marxismo, no vivía como los campesinos, ni tenía un buen método. Sin embargo, esto se hace sobre la idea de que si Guzmán hubiese tenido “bien” esas tres cosas (sea lo que ello pueda significar) su ideología hubiese sido diferente y sus efectos también. Lo más probable es que eso sea cierto. Pero lo que me parece problemático es esta especie de “ninguneo” de Guzmán, bajo la idea de que no era tan inteligente, contempla un intelectualismo moral medio socrático problemático. Y es la idea de que los resultados de violencia , odio y demás cosas que consideramos malas de Sendero Luminoso se fundan en una ideología falsa. Es decir, con una ideología “verdadera” tendríamos buenos resultados. Esto es problemático por la razón que Aristóteles había hecho ya a Sócrates y Platón: los seres humanos podemos conocer la verdad y lo que debemos hacer (asumiendo que tales cosas existen, lo cual también ya es un problema filosófico) y, aún así, decir y hacer lo contrario (ἀκρασία). Y esto es importante no solamente para la élite intelectual o para los productores de ideologías. es importante porque también supone implícitamente que quienes escucharon a Guzmán tampoco eran suficientemente inteligentes. La educación sería la tesis fundamental aquí.

Ahora, si bien comulgo con la importancia de la educación para formar mejores ciudadanos, tanto en cuestiones teórico-intelectuales, como en asuntos práctico-morales, me parece que se pierde de vista lo que ya se venía intuyendo: la lógica religiosa (Me parece que Portocarrero opaca lo primero que dice con lo segundo, sin articular esto de manera satisfactoria). Y lo que debería justamente abordarse aquí no es solamente el contenido del discurso senderista (“un marxismo dogmático con herencia colonial, etc”). Tan importante como eso (¡o quizá más importante!) es la forma del discurso senderista (esto es algo que veníamos discutiendo con Javier). No hay en la ideología senderista ni φιλοσοφία,  ni ἐπιστήμη. Ya hemos visto que lo lo medular es una especie de μῦθος o de θεολογία. Sin embargo, cuando reivindicamos la “forma” estamos hablando de la ρητορική. Obviamente uno podría intentar decir aquí lo mismo que con la filosofía (“era un mal retórico”), pero creo que aquí la cuestión es más difícil. La pregunta fundamental no es en qué está equivocada la ideología senderista (por ejemplo, decir que su interpretación de Mariátegui está equivocada, que el país no es semifeudal, que la democracia no es X, que la violencia es Y, etc.). La pregunta fundamental es por qué muchas personas se sintieron atraídas por este discurso.  Si Guzmán no es cínico y cree realmente en el “pensamiento Gonzalo”, si es un teólogo (y, en ese sentido un anti-filósofo), si actúa efectivamente como un profeta, entonces, ¿por qué para varios peruanos fue un profeta de verdad? Abordar esta cuestión exige comprender la retórica senderista, la manera cómo se realizaba la política en dicho y contexto histórico-social.

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4 responses to “El pensamiento Gonzalo

  • Ricardo Arjuna

    Detecto el peligrosísimo y amazing síndrome del lector-autor. Paso a explicarlo.

    Dice usted:

    “La pregunta fundamental no es en qué está equivocada la ideología senderista (por ejemplo, decir que su interpretación de Mariátegui está equivocada, que el país no es semifeudal, que la democracia no es X, que la violencia es Y, etc.). La pregunta fundamental es por qué muchas personas se sintieron atraídas por este discurso”.

    ¿La pregunta fundamental para qué/ quién? Si usted le cambia el sentido al libro (le pasa a muchos comentaristas, reseñistas y afines), es más o menos esperable que sus partes aparezcan como menos pertinentes. En realidad, más que un comentario sobre el libro, usted está reescribiéndolo a partir de una de sus posibilidades, una más bien marginal. En otras palabras, usted está comentando el libro que Portocarrero pudo escribir o que usted bien podría escribir, pero en lugar de ello hace que sus ideas sean una especie de sombra de lo que el libro efectivamente es, y hace aparecer a este en falta con una responsabilidad que su autor jamás asumió.

    Lo medular del libro (porque atañe a su qué y a su cómo y no a lo que hubiera sido bueno que sea su qué y su cómo) usted lo comenta, sí, pero tangencialmente, entre paréntesis, a manera de una vaga impresión:

    “Me parece que Portocarrero opaca lo primero que dice con lo segundo, sin articular esto de manera satisfactoria”

    No hay prueba alguna que sustente esta apreciación suya que, de ser cierta, sería un “pero” bastante considerable para la propuesta del libro. Es lo que estaba esperando. No hay.

    De cualquier manera, muchas gracias por el tiempo dedicado al libro, que acabo de terminar. Esta es la primera reseña que leo sobre el particular y, pese a la atingencia señalada, la he encontrado interesante. Gracias también por obligarme a desempolvar mi diccionario de griego. Un evanescente cadáver de araña en la primera página de épsilon me ha recordado lo descuidadas que tengo a las lenguas clásicas. Mea culpa.

  • Erich Luna

    Hola Ricardo

    Muchas gracias por tu comentario.

    Es importante lo que planteas y exige hacer una aclaración:

    Yo no estoy “reseñando” el libro de Portocarrero. Creo que el libro está bien escrito, se lee bastante rápido (en un par de días uno puede leerlo sin problemas). No se necesita que alguien simplemente lo resuma y diga lo que dice. En ese sentido no me interesó escribir sobre el libro para “meramente repetir” lo que dice de manera sintética. Si a alguien le interesa hacer eso, pues que lo haga y en buena hora. Yo no busco ser un “comentarista” o “reseñista”, como usted señala. No tengo nada en contra de esos trabajos. Simplemente me interesa hacer otra cosa.

    Lo que a mí me interesa es leer el libro para dialogar con el autor y lo que está pensando/ sosteniendo. Me interesa ese diálogo para poder pensar otras cosas que vayan más allá de lo que el autor dice. Creo que ahí es donde se promueven las ideas y el pensamiento. Es una discusión respetuosa con el texto. No es un resumen respetuoso del libro.

    Por eso es cierto lo que dice: cuando yo digo que la pregunta es fundamental, lo digo yo. Pero lo digo pensando en que puede sostenerse eso (creo sinceramente que es una pregunta fundamental). No lo digo como “mero capricho”, lo digo como algo que podría sostenerse frente al propio texto (y frente al autor).

    Usted dice:

    “(…) usted está comentando el libro que Portocarrero pudo escribir o que usted bien podría escribir (..)”

    En eso estoy de acuerdo: yo dialogo con el texto de Portocarrero para “pensar-con-él-más-allá-de-él”. Si eso le ha parecido algo injusto, le pido que me disculpe. Yo no he querido hacer de libro de Portocarrero “ninguna sombra”. Todo lo contrario: creo que el mejor elogio para alguien que escribe es ser leído seriamente. Y eso implica la posibilidad de disentir crítica y constructivamente. Creo que eso le hace bien al libro y a mis propias ideas. Yo no tengo la culpa, como usted señala, que no existan reseñas (complacientes) y que mis textos sean de los pocos que hayan. Que resalten virtudes o limitaciones que yo encuentre en el texto (y en mis ideas) es una cosa. Pero me parece injusto decir que estoy haciendo una mala reseña porque no pretendo reseñar el libro.

    Dice que hago parecer al autor como estando en falta con una responsabilidad que no asumió. Lo que he hecho ha sido pensar en cuestiones y posibilidades a partir de algunas intuiciones que han sido desarrolladas en el libro. Y creo que eso es importante. De hecho creo que ese es el principal respeto y la principal fidelidad para con las ideas de otra persona. Lo peor que le puede hacer a las ideas es simplemente reificarlas y repetirlas. Eso es justamente lo que hizo Abimael con Mariátegui. Para seguir con el ejemplo: La verdadera fidelidad y discusión crítica con Mariátegui no consiste en decir simplemente lo que dijo y, o defenderlo en todo, o criticarlo en todo. De lo que se trata es de algo más fundamental: sí de decir sus aciertos, limitaciones y comprenderlo histórico-contextualmente. Pero, sobre todo, lo relevante es la actitud para con los problemas. Ser un heredero de Mariátegui no es pensar igual que él. Es pensar como él.

    En la medida en que leo seriamente el libro de Portocarrero le soy genuinamente respetuoso. Si eso implica que piense cosas diferentes a las que pensó él, en buena hora. Con un buen libro uno aprende cosas. Con un muy buen libro, uno piensa cosas. ¿O acaso usted cree que Portocarrero cree que ha agotado el tema o que no se puede decir algo diferente a lo que dice? ¿No cree que una actitud así es propiamente la que su libro justamente denuncia?

    Pensar en posibilidades no desarrolladas por pasajes, sean marginales o no, no es algo nada desdeñable. Para mí es todo lo contrario: lo fundamental.

    Piense también usted cómo eso se hace todo el tiempo en los propios estudios culturales (como cuando Zizek lee pasajes del idealismo alemán, de Lacan, de Marx, de Kafka o de ciertas películas).

    Me alegra que haya regresado al griego.

    Saludos,
    Erich

  • Ricardo Arjuna

    Para no tratarse de una reseña, toda la primera parte de su pensar-con-él-más-allá-de-él, es idéntica a lo que se llama “reseña”. Filosofías y palabras-unidas-con-guiones al margen, el dicho dice y yo le creo: “si camina como pato y hace como pato, es un jodido pato”. En este punto creo que la sutileza que lo alumbra supera la mía a tal grado que no logro ver, por más esfuerzo que le echo a la macana, lo que usted me pide ver. Veo una reseña allí.

    La segunda parte, si bien se achora, digámoslo así, sigue casi la misma tónica (nótense a modo de prueba los incisos tipo “afirma Portocarrero”, que aparecen… hasta cuando solo le faltan dos párrafos para finalizar su texto!). Es decir, si el texto efectivamente logra apartarse del reseñismo, lo hace tarde e, insisto, mal.

    Por qué lo hace mal creo haberlo explicado en mi comentario anterior, señalando dos cosas:

    A)Que esos solitarios dos párrafos finales (solo ellos, la verdad) derrapan muy fuera de la pista del libro, cuando la lectura expuesta en su post (tanto en la primera como en la segunda partes) estaba bien metida en el carril derecho.

    B)Un detallito que usted coloca entre paréntesis, inexplicablemente dado que, a todas luces, es un señalamiento que toca la consistencia del libro, y si se va a criticar un libro arguyendo cosas como esa, es mejor, siempre, dar pruebas. Lo coloco nuevamente por si no lo notó antes:

    “Me parece que Portocarrero opaca lo primero que dice con lo segundo, sin articular esto de manera satisfactoria”.

    Juicio de valor, me permito señalar, nada ajeno al reseñismo del cual dice desmarcarse. Aunque, de hecho, me parece algo de mucho mayor atractivo que colocar las tesis de un libro sobre el tapete.

    Como sea, no quiero ser indecoroso. Dos comentarios algo largos es más de lo que aguantan mi pudor y mis buenas maneras. Repito: lo que ha escrito me parece interesante (resume con mucha capacidad de síntesis lo más importante del libro) y lo felicito por su iniciativa y por el esfuerzo que hace en este oficio inusual en la blogósfera peruana, difundir ideas.

    Muchas gracias por la respuesta y saludos.

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