Ernesto Laclau (1935-2014) y su paso por el Vacío

Lamento profundamente el reciente fallecimiento de Ernesto Laclau. Las aproximaciones a su obra, tanto vía sus lecturas y comentarios, como a través de conferencias en línea y en las que dio cuando pasó por el Perú, me marcaron profundamente. A modo de insignificante homenaje pensé en compilar aquí las pocas entradas que han tratado directa o indirectamente sobre su obra. Asimismo, espero con ansias poder revisar su próximo trabajo a ser publicado póstumamente (Los fundamentos retóricos de la sociedad).

  • La Ciencia de la retórica: Aquí brevemente planteo la intuición de que el uso de la retórica en la filosofía de Laclau padece de una hipóstasis análoga a la que se le reprocharía a Hegel con la lógica. Es una idea polémica que no he desarrollado, pero ese fue mi último encuentro con las ideas de Laclau.
  • El lugar de la emancipación: La polémica Laclau – Žižek: En esta ponencia presento algunas de las principales discrepancias entre Laclau y Žižek. Suscribo ahí, y sigo suscribiéndolo, que Laclau presenta argumentos más contundentes para pensar la política (esto no hace su posición invencible obviamente, pero sí superior). Estos debates conceptuales sobre la política me parece que se hacen presentes en ciertos niveles con discusiones que he tenido con Daniel Sacilotto y Erik Pozo que enlazo a continuación.

Entrevista sobre aceleracionismo

A Javier y a mí nos hicieron una entrevista sobre aceleracionismo. Se encuentra disponible aquí.


Neo-Cuba

Y finalmente llegó el día en que el partido debía decidir si era viable mantener la revolución. Habían sido muchas décadas, pero cada día parecía más indefendible continuar de la misma forma con “el proceso” (solamente lo creían un par de grupos minoritarios de la región porque no vivían ahí). Entonces reconocieron que tenían dos grandes opciones, como en los viejos tiempos de las disputas ideológicas izquierdistas: la Unión Soviética y China. El primer caso consiste en abrir prácticamente en simultáneo el sistema político y el sistema económico. El resultado es el colapso del régimen (léase: no existe hoy la URSS). La otra opción consiste en abrir el sistema económico sin abrir el sistema político y promover el desarrollo del primero en función a la élite que controla el segundo (resultado: gran potencia que disputa el poder hegemónico global).

Tras evaluarlo, consideraron que era obvio que debían seguir la vía china. Comparándose con el resto de países latinoamericanos tenían una serie ventajas que habían sido hechas por la revolución (y como buenos marxistas, sabían que en el progreso de la Historia una sociedad realmente no sabe para quién trabaja hasta que ello es inevitable). (1) La primera de ellas tenía que ver con la sociedad: a diferencia de otros países latinoamericanos, ellos contaban con cero desnutrición y cero analfabetismo. En general, contaban con una gran igualdad social que haría felices a los teóricos liberales y libertarios con sus modelitos contractuales. (2) Lo segundo era que tenían un Estado que controla el territorio, que hace cumplir sus leyes y que tiene la posibilidad de vigilar, disciplinar y ejercer la violencia legítima en todo el territorio, fuera de tener presencia burocrática relevante también (no del más alto nivel, pero nadie es perfecto). Los weberianos latinoamericanos también podrían envidiar algo de ello frente a otros países de América Latina donde no existe el Estado y donde no hay efectividad de la ley o efectividad de cualquier cosa. (3) Y, finalmente contaban con un partido político fuertemente organizado e institucionalizado, un ideal más que gourmet en el resto de países. Eran todas las ventajas que un opositor leal como Huntington reconocía en medio de la Guerra Fría: los comunistas saben construir gobiernos.

Entonces pensaron que si en los demás países de la región se hicieron reformas neoliberales con mucha desigualdad, Estados débiles y colapsados, y partidos inservibles, ellos tendrían cierta ventaja al dirigir tales reformas, pero contando con (1) igualdad social, (2) Estado y (3) partido. Entonces diseñaron un plan de liberalización de la economía que diese a los ciudadanos libertades civiles, económicas y sociales. La presencia de inversiones privadas extranjeras tendría impuestos que repercutirían en sus servicios sociales socialistas de educación y salud, dando lugar así a una mayor igualdad social con mayor calidad. Los médicos recibirían mejores salarios y se promovería la investigación en medicina y biotecnología, posicionando a Neo-Cuba a la vanguardia en este tipo de temas. Y la exportación de rones y puros serían mucho más que potenciada. Con poca población y territorio, sus beneficios sociales y seguridad serían más que objetivos realizados. Y las personas al tener libertad económica y de tránsito, no envidiarían tanto la libertad política que muchos réditos no ha traído en estos países. Entonces quizá más que China, la vía sería Singapur por el tamaño territorial y poblacional. No Mao, y más que Deng Xiaoping, Lee Kuan Yew.

Y el comercio agresivo, pero dirigido por el gobierno, tendría la posición privilegiada de estar muy cerca de los Estados Unidos, con lo que el desbloqueo sería altamente beneficioso. Los neoliberales celebrarán esto y lo atribuirán a sus recetas de organismos multilaterales que cambian cada cierta cantidad de años, pero que se presentan como eternas. Sin embargo, la condición estructural habría sido la revolución y su constitución de estructuras estatales, partidarias y de igualdad social. La revolución trabajando para hacer viable un autoritarismo neoliberal eficiente sin voz, pero con salida. El motor sería una modernización acelerada que genere en la isla el surgimiento tecnológico, junto con libertades sociales y civiles y sin los costos de una democracia liberal e instituciones políticas débiles, como las que constantemente lamentan los científicos de la política de la región que abandonaron la teoría de la modernización clásica, pero no tanto sus ideales normativos.

Lo que unos intelectuales escépticos manifestaron es por qué la élite del partido realmente haría eso y beneficiaría a la sociedad, en lugar de ser meramente rentista y extractora, agudizando los problemas de su país. Y la respuesta de la élite fue que ellos quieren gobernar para siempre y es más deseable en el mediano y largo plazo hacerlo de esta forma. Al día siguiente empezaron las reformas.


La tristeza no es un argumento

A los comunistas intelectualistas les encanta cuestionar al socialismo realmente existente por las indefendibles atrocidades que ha generado. Y en muchos casos argumentan, como buenos teólogos progresistas, que Marx no decía eso y que tales socialismos existentes parecen no haberlo entendido (como si la historia se tratase de “entender algo”). El ejemplo máximo, me parece, se da cuando afirman que lo que ellos buscan es la realización de la máxima formal que debe dar a cada quien según su necesidad y exigir a cada uno según su capacidad (kantismo de izquierda).

Lo divertido no es que sea una formalidad que para determinarse requiere de una instancia de decisión bastante problemática (si lo determina el partido, la democracia directa o alguna otra entidad soberana). Lo realmente interesante es que incluso si ello fuese posible de dictaminar y determinar de una manera armoniosa, ello no contempla el problema de la relación problemática entre necesidades y capacidades. ¿Qué sucede si realmente la mayoría de personas son incapaces? (no es una pregunta retórica) ¿Qué se les va a exigir? Acá hay dos escenarios: (1) que se les capacite para que hagan algo, (2) o que se busque la automatización de todo proceso productivo (una clase dominada de máquinas). El desarrollo de las fuerzas productivas apunta a (2), con lo que las imágenes utópicas sobre el comunismo que Marx y Engels presentan en La ideología alemana pueden ser tenidas por literales: luego del techno-sapiens, si éste está en función a nosotros, la gran mayoría de seres humanos no serán más que primitivos dedicados a pescar, cazar o hacer crítica (una actividad igualmente primitiva aunque más abstracta… o más concreta, dependiendo de si uno lo mira con ojos hegelianos o anti-hegelianos)

Pero incluso con ese grado de tecnificación, el problema de la necesidad no se soluciona. ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuántas? Aquí es donde la cosa se pone interesante porque incluso si ese asunto pudiese resolverse, lamentablemente los recursos no son ilimitados y lo único que puede resolver ese problema de limitación de recursos es, (1) o restringir nuestras expectativas, (2) o buscar nuevas fuentes de energía (y tener una gran fe en la ciencia y en las posibilidades de que la humanidad pueda existir como una sociedad emancipada), (3) o colapsar la sociedad (emancipada o en proceso de serlo).

Y si tuviésemos recursos para vivir breve tiempo de manera comunista, ¿valdría la pena? ¿En pro de qué? ¿Y si no se pudiese en el largo plazo? No tiene que acusarse a la ciencia que demuestre esto de ser burguesa. El problema es que si los comunistas colapsan lo normativo y lo empírico, solamente querrán buenas respuestas cuando hablen de la sociedad comunista y malas noticias cuando hablen de la sociedad capitalista. Lamentablemente, y acá sigo una frase de Nick Land que me es hoy muy cara, la tristeza no es un argumento. Tal es una cuestión material fundamental que los materialistas históricos no deberían dejar de tomar en cuenta. No se trata de volverse un ecologista primitivista (algo bastante utópico y conservador). Se trata de pensar en la posibilidad de que incluso la empresa espacial y robótica podría tener límites en su capacidad de resolver la tensión comunista entre necesidades y capacidades. Lo otro es eliminar a la humanidad que sea necesaria para contar con las posibilidades materiales de cumplir el sueño. Sacrificar todo lo que sea necesario para la tecnocracia comunista y así realizar el ideal (si estudiar la teoría radical es difícil, pues gobernar comunistamente tiene más dificultades y costos).

En este punto la revolución se vuelve inmoral y la única respuesta radical es la inexistencia divina de Quentin Meillassoux. Trabajar para la realización del ideal y al realizarlo reconocer su inminente inmoralidad y en respuesta, especular sobre la radical contingencia de todo y tener esperanza de que algún día exista Dios para que pasemos al cuarto mundo: el de la justicia. Mundo donde vivos y muertos sean redimidos y reconciliados.

Pero incluso en ese punto…. Nada garantiza que la contingencia radical haga que ese sueño dure un instante mucho más breve del que dura intentar imaginar tal situación cuando se leen las páginas de la tesis doctoral de Quentin Meillassoux. Aun así… la tristeza no es un argumento.


Los dominantes dominados

Ya que siempre de cuando en cuando en la deplorable esfera pública aparece el término “caviar” al que ya se ha dedicado algo de tiempo aquí, importa disolver el misterio vía la teoría social de Bourdieu.

Los intelectuales son en cuanto detentores del capital cultural, una fracción (dominada) de la clase dominante.

Lo que parece un misterio y una antinomia (¿cómo es posible gente con dinero y “bien formada” puede ser progresista y sentirse cercana a gente lejana económica y culturalmente?) se resuelve distinguiendo entre los diferentes tipos de capital. Lo hay en el campo intelectual es una gradación con múltiples combinaciones de capital económico, social y cultural. La condición más importante es la cultural, pero las otras son recurrentes también.

De esta forma, el intelectual progresista puede ser considerado traidor de la derecha, más traidor mientras más capital económico y social tenga en común (apellido, amigos, instituciones en las que estudió, clubes a los que pertenece, etc.), y podrá considerarse a sí mismo como cercano a las clases más dominadas, debido a que él padece dominación dentro de su clase. Un dominado de la clase dominante que se quiere cerca de los dominados. Para los otros, un dominante equivocado que traiciona sus intereses originarios, pero que finalmente persigue y posiciona intereses también económicos, lo cual hace de él una falsa consciencia moral. Su error es pensar que no hay intereses económicos en su accionar cultural.

Mientras uno tenga mayor cercanía en todos estos elementos (capital económico, social y cultural) más clara será la traición desde los dominantes. Pero quien no tenga mucho capital económico y social en común, no por eso deja de ocupar esta posición. Su capital cultural lo hace perteneciente a los grupos dominantes (movilidad social vía capital cultural), solamente que en la última escala del grupo (incluso al punto de ser potencialmente discriminado por muchos más grupos… ¡un intelectual progre misio!). Y en un país donde las capas de desigualdad suelen superponerse, es esperable que tal intelectualidad progresista se asemeje en mucho a los pares de la élite de derecha (socialización y habitus, en muchos casos bastante comunes).

Entonces fuera de si la categoría es científica o rigurosa, lo cual aquí es irrelevante, lo que permite es señalarse con esta trivial discusión de dimes y diretes es una dislocación irresoluble: los mecanismos estructurales de reproducción social que generan en este grupo una fractura. Entonces la antimonia se resuelve diciendo que lo que se dice por ambos lados es cierto, pero para hacerlo consistente es necesario distinguir entre diversos tipos de capitales. Solamente con reduccionismo economicista, de izquierda o de derecha, es que el misterio metafísico dogmático aparece.


Más allá de la concentración de medios

Se está debatiendo si es que hay o no concentración de medios en el Perú. Lo interesante es que, en los extremos y a nivel metodológico, parece ser que hay visiones contrapuestas sobre la libertad y la inteligencia de las personas. En el lado derecho y libertario, la tesis es que las personas son libres, racionales e inteligentes para elegir, y si han premiado a una empresa para que tenga el 80% del mercado, nadie debe meterse. La gente es inteligente y sabe lo quiere (“soy libre y hago lo que quiero”). En el lado izquierdo y crítico, lo que se afirma es que los medios ideologizan a las personas y estas no son realmente libres, así que darle ese poder a una empresa haría que los aparatos ideológicos tengan un poder soberano absoluto. La gente es manipulada y lo que se debe hacer es garantizar las condiciones estructurales donde esta manipulación no pueda darse (“perdónalos Marx porque no saben lo que hacen”). De un lado, una libertad puramente abstracta y de otra un determinismo rampante. La tercera antinomia kantiana en su reformulación de ciencias sociales: quienes dan más peso a la agencia individual y quienes dan más peso a las estructuras sociales.

Como es difícil que existan posiciones extremistas que sean razonables, provisionalmente uno podría decir lo siguiente:

1. Las personas son menos libres de lo que cree la derecha.

2. Las personas son menos estúpidas de lo que cree la izquierda (y Aldo Mariátegui, que es un marxista como su abuelo José Carlos, pero de derecha).

Sin embargo, una posición elitista podría considerar que la cuestión con la inteligencia y su relación con la libertad es más trágica. Se podría decir que quizá es análoga al desarrollo físico. Así como los atletas entrenan y se alimentan bien (idealmente) desde niños, personas que nunca se han ejercitado o comido saludablemente pueden luego cambiar su vida, pero es improbable que accedan a un nivel que esté por encima del promedio. De la misma forma, uno podría decir que quienes no han sido educados adecuadamente desde pequeños, por más capacitaciones que tengan, no podrán remediar daños que los condenarían a estar por debajo del promedio. Desde esta perspectiva, las personas en un país con un pésimo sistema educativo no podrán ser suficientemente inteligentes para discernir analítica y críticamente ciertas cosas que solamente una minoría podrá. Recibir educación basura y consumir basura mediática solamente refuerza que uno tenga ideas basura. Y ningún tipo de reforma podrá eliminar esto. El elitista concluirá que, en el mejor de los casos, hay que dar por perdida esta generación y trabajar con la siguiente, o simplemente dedicarse a trabajar con la minoría más talentosa. Lo otro es simplemente moralismo cristiano y la esperanza de que el hijo pródigo regrese.

Si tiene intereses de derecha, podrá decir que está bien la mentira socrática piadosa de decirle a la gente estúpida que no le es, considerando esto como un decoro pragmático que le permitirá lucrar (todos queremos como clientes que se nos trate bien). Y si siente culpa y compromiso con los más necesitados, pero leyó suficientes libros como para ser ateo, entonces simplemente tendrá que abrazar un vanguardismo platónico-leninista para salvar a los marginados de sí mismos. Esto no quiere decir que tenga que promover un gobierno autoritario. Podría simplemente ser un tecnócrata no gubernamental y promover políticas que lo hagan sentir bien

Entonces, mientras la élite económica y la élite de intelectuales progresistas (porque administradores o economistas aquí no parece haber mucho) piense que el resto de mortales razonan como ellos, debates como estos son más que intrascendentes para la vida concreta de la gran mayoría del país. La pregunta es si es que eso debe importar.

Dime qué tan inteligente y libre crees que es el ciudadano promedio y te diré quién eres.


La Ciencia de la retórica

Cuando pensamos en la relación que pueden tener el ser y el pensamiento, problema crucial en la filosofía inaugurado de manera ejemplar por Parménides, tenemos como una de sus culminaciones a Hegel. En él la lógica y la metafísica colapsan en la Ciencia de la lógica, y la estructura del ser es la estructura del pensar: la dialéctica del concepto es la dialéctica de lo real. Cuando Laclau critica a Hegel desde Kant, sostiene  vía él que no hay contradicciones en la realidad. Para ello se burla de Engels quien buscaba contradicciones en la naturaleza (cfr. Dialéctica de la naturaleza), pero uno podría pensar en algo menos claro y cuestionar tout court las contradicciones sociales: el capitalismo no tienen contradicciones y nada muere o es superado por contradicciones inmanentes.

Lo curioso es que Laclau cuestiona esto, pero en su lugar reconoce la cuasi omnipresencia de la metonimia y de la metáfora para constituir cadenas equivalenciales y diferenciales en el campo social. De esta forma, lo que ocurre es que se sigue manteniendo la hipóstasis del pensamiento en el ser, pero no como lógica, sino como retórica. Su abandono de la Ciencia de la lógica hegeliana lo lleva a poner en su lugar una “Ciencia de la retórica” implícita (el compromiso con una ontología retórica y no con una ontología matemática, como lo mencionó cuando estuvo en Perú y se le preguntó por sus diferencias frente a Badiou). En lugar de un subjetalismo idealista y racionalista, lo que tenemos es un subjetalismo discursivo y retórico. De “conceptos en movimiento” pasamos a “significantes que flotan”.

En ambos casos el problema puede volver a plantearse: ¿cómo se vinculan el pensamiento y el ser, si no creemos en alguna armonóa prestablecida, como la Verstehen heideggeriana o la intuición intelectual?


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